PARA KEVIN PARKER, EL TIEMPO TODO LO CURA

El cuarto disco de Tame Impala muestra a un Kevin Parker más confiado que nunca.

Kevin Parker es conocido por estar en control de todo. Sea de la composición y grabación de sus temas, o de la nitidez del show en vivo, el australiano necesita que todo sea perfecto, y ese nivel de perfección lo pone él. El cuarto disco de su banda/proyecto personal, Tame Impala, es el que más se ha hecho esperar (tardó cinco años), pero también el que más ha estado a la altura de los estándares de calidad y hype que lo acompañaron durante ese tiempo.

The Slow Rush reflexiona sobre las distintas sensaciones que se pueden generar alrededor del tiempo, y cómo este afecta, de una manera u otra, nuestra vida cotidiana. Arrepentimiento, perdón, incertidumbre o seguridad por lo venidero son algunas de las manifestaciones del paso de las horas y días que se dejan ver en las emociones del disco.

“SI CURRENTS FUE UN ÁLBUM DE PRUEBA, THE SLOW RUSH ES LA CONSAGRACIÓN”

Musicalmente hablando, retoma lo trabajado en Currents (2015). Los sintetizadores flotan, las baterías marcan el paso y las guitarras se mantienen a lo mínimo, mientras que su falsetto termina de endulzar cada tema y de permearlo de algo reconocible instantáneamente. Sin embargo, este pop/disco en clave psicodélica logra un punto medio en el que los nuevos fans y los más nostálgicos por los primeros trabajos de Parker se pueden dar la mano. La fascinación del australiano (que también vive en Los Ángeles desde hace algunos años) por el pop, y su pasado como pionero de la psicodelia moderna, nos dejan un sonido embriagador que rescata lo mejor de ambos espectros y da como resultado temas de distintos colores, pero que siempre nos invitan a mirar para adentro.

A lo largo del disco nos encontramos con el australiano reflexionando en distintos escenarios: sentado en el tráfico, al borde del abismo o en una gran ciudad. Todos estos momentos nos muestran, nuevamente, al alma solitaria que hemos conocido con los años, pero más maduro que nunca. Cuando antes Parker se cuestionaba por qué la gente no le hablaba, ahora aprecia sus momentos de solitud y paz. Si antes no sabía qué destino le esperaba, ahora sabe lo que quiere y está dispuesto a arriesgarse para vivir la vida que siempre quiso. Como por ejemplo en ‘Instant Destiny’, donde el salto de madurez de aquel chico, que solo quería sentarse en el lago a fumar marihuana, se refleja en la idea de contraer matrimonio y asentarse.

Otra canción que deja ver su crecimiento emocional es la durísima ‘Posthumous Forgiveness’. En ella, Parker hace las paces con su fallecido padre y reconoce que, como todos, también era una persona con errores que hizo lo que pudo, aunque esto no haya sido suficiente. En la mitad del tema cambia la instrumentación por una más colorida, el paso se acelera y la letra pasa de ser un reproche a una suerte de abrazo cálido, dejando sus quejas en segundo lugar para decirle a su padre que todo está bien.

Si Currents fue un álbum de prueba, The Slow Rush es la consagración. Es clara la evolución del sonido que buscaba Parker en 2015, y que parece haber llegado a su punto de ebullición. Ahora la psicodelia va de la mano del baile, el pop se vuelve reflexivo, los coros pegajosos no son de plástico y el falsetto es un elemento más en la sonoridad.

La ausencia de las guitarras ya no es una novedad y, muy a mi pesar, tampoco se hacen extrañar del todo. Temas como ‘Breathe Deeper’, ‘Borderline’ o ‘It Might be Time’ le dan protagonismo, de distintas maneras, a los teclados: creando ambientes, en algún pasaje o directamente dándoles la melodía principal de algún tema. ‘Glimmer’ es casi un tema de house con algunos toques retro, de los que Parker es tan fanático. El único guiño directo a los principios under de la banda de Perth es el tema que cierra (¿doble guiño?), ‘One More Hour’, que desde el nombre da indicios de algo que pudo ser, pero no. Este casi rock-opera-psicodélico es guiado de la mano de un imponente riff que se va prolongando durante toda su duración, y que, de cierta manera, se lee como Parker diciendo: “todavía lo tengo, pero decido no hacerlo”. Es gracioso pensar que alguien que sigue a la banda desde sus inicios pudiera escuchar, en efecto, «una hora más» de esto, pero ponerlo al final del disco es una clara decisión que puede interpretarse de dos maneras: todavía hay más, o es el fin de ese sonido y es momento de dejarlo ir. “I did it for fun”, declara un sarcástico Parker al comienzo del tema.

Es claro que Tame Impala no es más lo que era en la época de Lonerism (2012), y que las ambiciones artísticas, e incluso profesionales, de Parker son otras. The Slow Rush es lo más seguro que hemos visto a Kevin Parker en años; seguro de sus sentimientos, de las decisiones personales que toma, de la dirección de su banda y de muchas otras cosas que antes solo eran puertas a medio abrir.

Sin duda, el disco será el que termine de conseguirle hits en radios, una audiencia aún más grande y logrará que lo vuelvan a llamar para producir artistas de otro palo. Sin embargo, lo más importante que se puede rescatar de este álbum es la confianza que le da a Parker para poder usar su música como canalizador de sus emociones, sin dejar de hacer que sus fans se pierdan por horas en sus coros y pasajes.

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