PATTI SMITH EN LUNA PARK: ASÍ SUENA LA LIBERTAD

La legendaria artista revisitó su obra y demostró que hay gritos que trascienden generaciones: el cuerpo puesto en la canción.

Ningún show podría tener más sentido el día en que la cámara de diputados aprobó la ley de cupo para mujeres y disidencias en festivales: una demostración de que la organización y el empuje colectivo pueden cambiar la realidad.

Paula Maffía es la mujer encargada de poner a tono al estadio Luna Park que de a poco va ocupando sus butacas. El pañuelo verde está atado al pie de micrófono e, inmediatamente detrás, Paula, su guitarra electroacústica y la canción llenando todo el escenario. Suena ‘Corazón Licántropo’, corte de su último disco Polvo (2019) —que prontamente estrenará videoclip—, luego ‘Córcega’ de Ojos Que Ladran (2015). “¿Están súper mega ansioses?”, le pregunta a una audiencia que palpita la llegada de la mítica Patti Smith. Se aplaude, se chifla: Paula Maffía es condensación de compromiso, fuerza, rabia, empuje, a veces dulzura, casi siempre desenfreno.

¡Gracias por el amor!”, dice mientras se agarra el pecho y se achicharra como si fuera demasiado, y arranca a rasguear rabiosa la guitarra, canalizando la energía de inquietud y fuerza que caracteriza a quien la seguirá después. Es el turno de ‘Polvo’ y ‘Mar de Caricias’ mientras arpegia un charango. “Mi deber es dejar el escenario calentito, si les parece que no lo estoy haciendo, ¡díganme! No quiero estar por debajo de las circunstancias”, pide mientras salta, los rulos siguiéndola unos segundos después, como una colita de delay que siempre va con ella. “Voy a reventaaaaaaaaar”, grita enojada: Paula es intensidad. La organización le regala un tema más, un bis inesperado, y desde la audiencia se alza un grito pidiendo ‘Palo de Amansar’. “Ahora sí, buenas noches… y mucho rock”, dice antes de sumergirse en una de sus guitarras. Es disonancia, fuerza, ritmo, tensión, marea.

Las luces se apagan: el momento llegó. Primero entra la banda, después ella. Patti Smith recorre el borde del escenario del Luna mientras saluda a una audiencia que estalla en gritos. Suena ‘Dancing Barefoot’, del escenario brota una energía madre de rock alternativo, en el audio se siente a Nueva York, se escucha la influencia de la Velvet. Si alguien tiene alguna duda sobre el impacto negativo del tiempo en su voz, quedó sepultada. La formación es clásica: Patti Smith Band. No escucharemos nada del material que vio la luz en este 2019, discos que indagan la conexión con la consciencia: The Peyote Dance —basado en los textos de Artaud y su experiencia en México—, y Mummer Love. No, esto va a ser un despliegue de clásico rock 101, un paseo por la obra de Patti.

«Esta es una sobre la unidad. La escribí en los ’70 y está dedicada a les natives americanes, a las tribus que el gobierno americano se esmeró en borrar pero no tuvieron éxito. Esta canción es para elles«. Habla de ‘Ghost Dance’, del disco Easter (1978). Las voces de toda la banda se entrelazan, armonizan, y le dan así una voz al grito que quieren homenajear. «We shall live again«, repiten una y otra vez. La energía es intensa, nadie podría decir que lo que está pasando arriba del escenario no interpela.

¡Yo también les amo!”, responde a un grito que le llega de alguna esquina del estadio. “Este tema es para les trabajadoris. Les poetas, visionares, les que limpian nuestras calles, las madres, artistas, músiques, jóvenes que se están sublevando. ¡NECESITAMOS A LA GENTE QUE TRABAJA!”, grita antes de ‘My Bleaken Year’. El primer riff lisa y llanamente «rockero» de la noche aparece y Patti se cuelga la guitarra electroacústica. Sigue un cover épico de ‘Beds Are Burning’, de Midnight Oil. El escenario se tiñe de rojo, unos tambores generan el ambiente de mantra mientras ella recita: “¡Están derritiendo Groenlandia, están quemando California, la Tierra está cada vez más caliente!”. Al momento del estribillo se prenden las luces y la gente agita con los brazos en alto. El tono de denuncia es constante, el compromiso por proponer un rol interpelante en su obra es indiscutible. Se la siente cercana; en momentos de silencio aparece el clásico «Olé, Olé» ante el cual Patti saluda y sonríe: «Ustedes son mi concierto«, nos dice. Se mueve con una energía chamánica, parece una sacerdotisa. Una Erikah Badu del punk.

“SE MUEVE CON UNA ENERGÍA CHAMÁNICA, PARECE UNA SACERDOTISA”

 

Este tema es para todas las personas del mundo que pelearon y perdieron la vida por una causa social, ¡siempre serán recordadas!”. Vuelve el mantra: ella sola con la guitarra, de a poco entra el bajo, sutil, solo acompañando, la voz dibuja notas largas mientras se suma un tambor que vuelve todo una marcha, un latido, casi como pasos que avanzan. Es ‘Beneath the Southern Cross’ de Gone Again (1995). La puesta de escenario es despojada, todes agrupades en el centro del enorme estadio. Es un pujar grupal, como una fuerza que emana del centro.

¡Feel your fucking freedom!”, grita con el puño en el aire. “¡Levanten las manos, sientan su poder, sientan su libertad!”, nos incita con las luces encendidas y todos los brazos se estiran para liberarse y aportar a ese flujo de energía colectivo antes de los primeros acordes de ‘Free Money’. El sonido es sucio, podrido, pero deja lugar a la voz: claramente la guía. Jimmy Rip aparece como invitado en el escenario y releva a Patti que desaparece por un rato. La banda y el guitarrista invitado se sumergen en una versión de ‘Walk on the Wild Side’, de Lou Reed.

‘After the Gold Rush’, de Neil Young, es la excusa para volver a pedir por el medio ambiente y el cuidado de la naturaleza. Esta vez solo con piano y voz, en un formato más íntimo y de canción de cuna. Sigue el hit ‘Because the Night’ y es recién en el segundo verso que alguien le tira un pañuelo verde por la legalización del aborto legal, seguro y gratuito. Ella salta con el pañuelo en la mano, después lo engancha en su pantalón para lo poco que queda del show.

Sus manos se sacuden frente al micrófono porque la urgencia del decir es mucha, y comienza ‘Gloria: In Excelsis Deo’; Patti es la fuerza que canaliza todo lo que sucede en el escenario. Ya queda poco: se van, amagan, vuelven. Le dan una bandera whipala y ella la levanta también. Hay que despedirse. Cierra el clásico ‘People Have the Power’, un último grito, los brazos de todes en alto, aplaudiendo, todas las edades que confluyen en admirarla, a ella, Patti Smith, pura inspiración.

Por Valentina G Nucci

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