THE WHITEST BOY ALIVE: SERÁ LA LOCURA QUE NOS HACE BAILAR

Tarda en llegar y al final hay recompensa: el épico show de Erlend Øye y sus amigos alemanes en el Konex.

Algún tiempo atrás, pensar en la posibilidad de vivenciar un recital de The Whitest Boy Alive en Argentina parecía imposible, ya que, en 2014 el grupo musical con base en Berlín anunciaba su separación a raíz de algunos desencuentros entre sus miembros y el inoportuno problema auditivo que afectó a su cantante.

Sin embargo, luego de cinco años, la banda conformada por Erlend Øye (guitarra y voz), Sebastian Maschat (batería), Marcin Öz (bajo) y Daniel Nentwig (piano y sintetizadores) parece haber cambiado de opinión. Los Whitest regresaron a los escenarios y, de la mano de Indie Folks, se presentaron por primera vez en Argentina.

Más vivos que nunca, el pasado 14 de noviembre The Whitest Boy Alive arribó en Buenos Aires para brindar uno de los mejores conciertos del año. Lo sucedido fue alucinante y logró superar cualquier ideal de expectativas, provocando fuertes interacciones con el público presente. En otras palabras, se armó la fiesta en el patio del Konex.

Alrededor de las 19:00 horas, el panorama resultó ser prometedor y adrenalínico mientras una afluencia de personas colmaba el predio de manera progresiva. La banda encargada de acompañar este proceso de atestamiento fue Indios. El grupo conformado por Joaquín Vitola (voz), Nicolás De Sanctis (guitarra), Patricio Sánchez Almeyra (guitarra), Guillermo Montironi (bajo), Agustin Majdalani (sintetizador) y Federico Pellegrini (batería) ofreció un agradable show, el cual logró matizar los últimos minutos de la tarde a través de canciones con una melosa impronta popera que resonaron entre tragos y conversaciones variadas. Así fue que temas como ‘Perdiendo La Cabeza’, ‘Ya Lo Sé’ y ‘Borracho en París’ aclimataron el ambiente.

Para las 20:30, el patio del Konex se hallaba repleto. Incluso la escalera —que conformaba aquella gran tribuna— parecía quedarse sin espacios vacíos. Sin embargo, el formato de fiesta nocturna que caracteriza al recinto logró acoplarse perfectamente a la situación con su estética industrial y moderna, la cual aportó una cálida condición de confort.

 

Pocos minutos faltaban para que comenzára uno de los shows más esperados de año y el estupor de un recital insuperable comenzaba a palpitarse. El entusiasmo y el fervor de los presentes fueron cómplices de las primeras ovaciones que, entre aplausos y gritos, suplicaban por los Whitest.

Fue entonces que, en aquel idóneo momento, los músicos salieron a escena provocando un revuelo impactante. Allí estaban los cuatro integrantes, sonrientes y expectantes ante un caluroso recibimiento que coronó con cánticos la bienvenida: “olé, olé, olé, olé, Whitest, Whitest”.

Acto seguido, los primeros fraseos musicales fueron disparados por Marcin Öz  desde el bajo y, con la sorpresiva entrada de Sebastian Maschat en batería, ‘Timebomb’ empezó a sonar. A ellos se sumaron Daniel Nentwig con las inconfundibles notas de su piano Rhodes y Øye, que marcó los acordes en la guitarra.

“THE WHITEST BOY ALIVE SE MOSTRÓ ENERGÉTICO Y VERAZ A LA HORA DE INTERPRETAR SUS COMPOSICIONES, DESATANDO LA LOCURA COMO POCAS VECES HEMOS VISTO”

 

‘Golde Cage’ y ‘Courage’ fueron los temas encargados de encender los primeros pogos de la noche, sugestionando a una audiencia que inevitablemente se sometió al baile, entrado en un trance inmejorable.

Para este encuentro, los Whitest no se guardaron nada y prepararon un show fantástico con un setlist que fue alternándose entre Dreams (2006) y Rules (2009), y recorrió temas como ‘Fireworks’, ‘Island’, ‘Intentions’ y ‘Above You’. En cuanto a lo musical, las composiciones lograron plasmarse con meticulosidad en un sonido que se caracterizó por ser atmosférico y ensoñador. El arsenal sonoro de la banda lució instrumentaciones pulcramente entrelazadas, sobrios bajos, progresiones invertidas y teclados juguetones respaldados por el excelente groove de la batería.

Sin dudas, fue un show extasiante. De hecho, Erlend Øye se encargó de hacerlo más significativo a través de sus lúdicos encantos y propuestas interactivas. Así quedó plasmado luego de ‘Burning’ y ‘1517’, cuando el cantante le pidió a sus fanáticos que lo acompañaran repitiendo una especie de vocalización que enardeció el ambiente y marcó el momento más neurálgico, el cual desencadenó en ‘Show Me Love’, clásico cover de Robin Stone que suele interpretar la banda en sus recitales. Pero la fiesta no terminó acá.

En un intento de despedida, The Whitest Boy Alive desaparecía del escenario. Sin embargo, y dado a cómo se habían desarrollado las cosas, una multitud efervescente permanecía insaciable frente al tablado. La gratificación era semejante que los pedidos comenzaron a llegar junto a chiflidos y fuertes palmadas: “una más y no jodemos más”. Luego de un intervalo, los músicos regresaron al escenario. Ahora sí, el momento culmine de la velada estaba llegando.

‘Rollercoaster Rider’ y ‘Bad Conscience’ encaminaron el trayecto final. Vale aclarar que el último —si bien lo han tocado en otros países— es un tema inédito que  decidieron compartir con nosotros. Pero el temblor llegó con ‘High On The Heels’ y una interpretación elocuente que terminó el show de la mejor manera posible: en el interludio del tema, la muchedumbre comenzó a agacharse y a corear el riff del bajo. Como consecuencia, los Whitest se dejaron llevar y se sumaron al consenso. El resultado fue la consagración de un final genuino, el cual explotó de manera contundente ante un furioso estribillo que se bailó de manera desenfrenada.

Finalmente, la audiencia se mostró agradecida. ¿Cómo no hacerlo? Una de las bandas indie más icónicas a nivel mundial decidió visitarnos y regalarnos semejante felicidad. No hubo nada que reprocharles, dieron lo mejor de ellos y le cumplieron todos los caprichos a un público antojadizo. En este sentido, The Whitest Boy Alive se mostró energético y veraz a la hora de interpretar sus composiciones, desatando la locura como pocas veces hemos visto.

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