LOS MEJORES DISCOS NACIONALES DEL 2018

Estos fueron los mejores discos nacionales del año 2018: primera parte.

10: CRISISJVLIAN

La banda de rap que rompe con los preconceptos del género desde las bases más profundas (como ser la formación e instrumentos) sacó este año su segundo disco de estudio: Crisis. De la suma de una de las baterías más precisas y juguetonas de la escena, bajos, varios sintetizadores, teclados que groovean y rima en autotune surge la propuesta del quinteto que renovó con una nueva apuesta el sonido del hip hop en la escena. Este disco conciso explora algunos beats bailables pero también se permite coquetear con búsquedas que se apoyan más en lo vocal, siempre atravesado por baterías y teclados que estiran sus raíces hasta el jazz. Son ocho canciones que dejan sabor a poco y mandan el dedo directo al replay hasta que calan las rimas.

Por Valentina Gonzalez Nucci

9: ENCHASTRELOUTA

Desde su irrupción salvaje hace dos años, LOUTA se ha posicionado en la escena nacional como una de las figuras de mayor potencia escénica. Su debut homónimo significó un fuerte contraste —más que nada por su carácter improvisado— respecto de sus intensas presentaciones en vivo, algo que sin dudas fue tenido en cuenta durante la realización de Enchastre. Si bien no está libre de problemas, es evidente la mejora en su estructura, cuestión que le permite acercarse cada vez más a una identidad sonora concreta. Todo esto montado sobre una ventaja: la mayoría de las once canciones venían siendo perfeccionadas sobre las tablas hace un buen tiempo, derivando en un producto final más consistente, tal como se puede apreciar en la esencia techno de ‘PUEDE SER’, la personalidad de ‘UACHO’, el incisivo beat de ‘SOMOS TAN INTENSOS’ y la intimidad de ‘UN LUGAR ADENTRO’.

Por Rodrigo López Vázquez

8: A LOS AMIGOS – EL ZAR

Cuando Facundo Castaño Montoya y Pablo Giménez dijeron que querían hacer un disco que pueda ser escuchado varias veces y perdure en el tiempo, lo dijeron en serio. A los Amigos es un álbum repleto de hits pegadizos que coquetean con el pop-rock de los ‘80, lleno de frescura y rodeado de una magia que logra que sea imposible escucharlo una sola vez. Además, cabe destacar que este es apenas el segundo trabajo discográfico de El Zar, un dúo que se las arregló para sonar como si hubieran nacido en un estudio. Al final, los chicos entienden…

Por Lautaro Lari

7: GRISVALDES

El dúo pop conformado por los hermanos Valdés editó este año un disco que podría considerarse clásico por su temática (el amor en sus distintas facetas), pero si hay algo que el arte nos demostró es que la forma modifica y renueva la esencia del contenido. Esta vez, bajo el filtro estético del dúo, caminamos a través de algo que conocemos y al mismo tiempo se presenta como nuevo. Más despojados y con un sonido más minimal que en su anterior trabajo, los cordobeses propusieron beats houseros y bailables con bajos que penetran hasta el cuore más ortiva, combinados con melodías pop de esas que se quedan resonando sin que te des cuenta y te llevan por el viaje introspectivo que es Gris, pero siempre, siempre, de la mano del baile.

Por Valentina Gonzalez Nucci

6: DISCUTIBLE – BABASÓNICOS

Si hay algo que caracteriza a Babasónicos es su capacidad para mudar de piel, y Discutible es otra prueba fehaciente de ello. El mensaje es claro: no hay nada que no sea discutible en esta nueva era. Por ello, no sorprende que sus diez canciones dialoguen con los principales sonidos de la actualidad: desde el vacío industrial de ‘La Pregunta’, pasando por el synth-pop lisérgico de ‘Partícula’, hasta el techno-dance de ‘Teóricos’, no hay límite que no sea destruido y reconstruido a la vez. Los (habituales) debates y combates estéticos están muy presentes dentro de un envase contestatario que coquetea conscientemente con el pop y que simplifica sus estructuras para lograr mayor complejidad. Poniendo a prueba la maleabilidad de la canción y de los escuchas, ninguna de sus diez piezas posee un cierre circular ni se abraza con ninguna identidad específica que habilite el cautiverio.

Por Rodrigo López Vázquez

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