EL FOLKLORE DE TAYLOR SWIFT

Un disco de cuarentena donde Taylor vuelve a hacer lo que mejor sabe: contar historias

Escribir una reseña de Taylor Swift desde la perspectiva de quién todavía considera que Red (2012) y 1989 (2014) son sus mejores álbumes a la fecha, muchas veces parece ser tarea difícil. Aunque Lover (2019) significó un trabajo que la encontró un poco menos forzada y más alegre, todavía no lograba sacar a la luz a la gran compositora que había demostrado ser en canciones como ‘Clean’. Sin embargo, este año vino a reivindicar la situación.

folklore (2020) es el producto del aislamiento y de un año que derrumbó los planes de la gran mayoría de los individuos, pero permitió también que muchos se reinventen y tomen las riendas de sus propios destinos. Este es el caso de Taylor, quien inesperadamente anunció que, pese a que la pandemia la había arruinado sus proyectos, también le había dado la inspiración para producir un nuevo álbum. “La mayoría de las cosas que había planeado este verano no terminaron sucediendo, pero hay algo que no había planeado que sucediera. Y eso es mi octavo álbum de estudio, folklore”, dijo.

Que alguien «volvió» a sonar como antes parece ser un concepto algo vago, sobre todo si se considera la evolución inevitable trabajo a trabajo y la maduración de los mismos artistas como personas. Por ende, decir que Swift volvió a ser la de antes no suena correcto, más bien se permitió ser transparente y soltar sus barreras internas. Canciones como ‘Betty’ nos arriban a esta conclusión, casi como si fuese un tema de Fearless (2008) que esperó su madurez para presentarse al mundo.

“SI BIEN LAS CANCIONES TIENEN UN ESTILO DISTINTO, NO DEJAN DE SONAR COMPLETAMENTE COMO TAYLOR”

 

El disco abre misterioso y tranquilo, reminiscente a temas como ‘Breathe’, lentos y emocionales. Tanto ‘Cardigan’ como ‘My Tears Ricochet’ son composiciones que no fallan en ser propias de ella, con toda su personalidad e impronta, pero con la distinción de un nivel mucho más indie y despojándose de los arreglos más chillones del pop que caracterizó sus últimos trabajos. Y esta es la mayor virtud del material: si bien tiene un estilo distinto, no deja de sonar completamente como Taylor.

16 temas forman el álbum y, aunque todos suenen perfectamente soñadores, el recorte podría haber sido mayor. Quizá su mayor debilidad sea el riesgo de que todos los tracks suenan vagamente similares entre sí. El sonido se vuelve algo plano por momentos, no así las historias, que son su gran fuerte. ‘exile’ es la canción en la cual colabora Bon Iver, quien es uno de los productores del disco, además de Aaron Dessner de The National y su viejo compañero de trabajo Jack Antonoff.

La mejor manera de describir folklore puede ser con el título de una de sus viejas canciones: ‘Sad Beautiful Tragic’. Es una reflexión de aislamiento, una mirada objetiva y pequeñas historias de vida listas para dar pelea. Producido parte en Los Ángeles y parte en remoto en casa de cada uno de los productores, refleja a la perfección el contexto social en el que fue realizado.

Decir que Taylor volvió no tiene sentido, pero sí vale decir que se permitió salir de un (cómodo) espacio donde se había instalado con reputation (2017) y que no le permitía, quizá, desplegar potencial. Pero, por sobre todo, lo mejor del disco es la fuerza que tienen las letras, volviendo a contar una historia en cada canción, así como ‘All Too Well’ lo hacía años atrás: “And if I’m dead to you why are you at the wake?”

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