PROYECTO GÓMEZ CASA EN NICETO: 10 AÑOS DE PURO EMPUJE COLECTIVO

¿Quién dijo cómo tiene que ser un show? El trío liderado por R.Gómez presentó disco nuevo y confirmó, una vez más, que la experiencia artística no conoce de ataduras

Eran 4. Entre negro y plateado, voces con efectos y transiciones sutiles, Los Pibes del Espacio recibieron a les primeres que se acercaron el viernes a Niceto. Aceitados, cada uno cumplía su rol: los arpegiadores llevaban el beat, guitarras limpias o con delay hacían comentarios entre las voces armonizadas de Fernán Mareque (bajo) y Joaquín Romero (sintetizador). Dos pilas de televisores enmarcaban la planta del escenario y hacían evidente el componente esencial de la noche: la tecnología al servicio de la producción artística, y protagonista de la estética y la experiencia total. 

Suena un sintetizador distorsionado y se abre el telón. Rodrigo Gómez, bajo una capucha plateada y con un cetro en la mano, ocupa el centro del escenario, recreando la tapa de su último disco, Luz (2019): así comienza el recorrido por los 10 años de Proyecto Gómez Casa. Abren con ‘Evolución’; la formación es de tres: Matías Mielniczuk y Pablo Bursztyn en sintetizadores a los costados de la escena, la batería del protagonista de la noche al medio y atrás. Hay espacio en casi todo el escenario: es que ya sabemos, algo va a pasar. Esperamos lo inmersivo y performático, la cancha está armada. 

La primera invitada de la noche es Paula Maffía, canta ‘Mental’ (en lugar de Lula Bertoldi, que hace la colaboración en el disco). En el momento en que Gómez se sienta en la batería, el tema explota y se perciben unos "uuuu" del público que goza. Entre tema y tema no hay silencios, no hay freno alguno. Un arpegiador se filtra, todo parece derretirse, el sublow de Niceto hace vibrar las estructuras y entra la batería: construyen de a poco, muy parecido a los shows de LCD Soundsystem. Suena ‘Tranquilo’, canción que abre el disco homónimo del 2013, y el cantante repite: "Tranquilo, no tenés que demostrarle nada a nadie". La intensidad sube mientras Rodrigo grita la frase-mantra, el pecho nos vibra. El escenario lo ocupa ahora gente que corre en su lugar, nos mira y se nos viene encima, las luces titilan. Entre la gente hay dos tarimas sobre las que corren otres más; una luz les ilumina la cara, corren cada vez más rápido, Gómez sigue repitiendo que no tenemos que demostrarle nada a nadie y el pecho no nos para de vibrar. Es que el show de PGM es eso: la confirmación de que la experiencia musical es mucho más que personas tocando instrumentos o simplemente cantando una canción.

Un bombo en negras sostiene la expectativa, entra Julia Arbos al escenario para hacer una versión de ‘Entender la Luz’, en donde se lució no solo la invitada si no el coro que acompañó durante toda la noche. La personalidad en la voz de Gómez muta constantemente: siempre se mantiene en lo performático, a veces extremadamente rítmica y, por momentos, en un idioma inventado. Pablo y Matías construyen la siguiente atmósfera, nunca confían en el azar del silencio. Junto con la batería entra el siguiente invitado: Nicolás Sorín, que con boina y un piloto canta ‘Evito Siempre’, corte que vio la luz el año pasado. El escenario de a momentos se llena de bailarines que se contorsionan, de luces que se mueven, de invitades que aportan su granito de arena este universo y luego se van.

Sigue el recorrido por una década de canciones y los recursos de extrañamiento no se agotan: mientras el dúo base se hace cargo de la instrumentación constante, Gómez es levantado con un arnés y parece que vuela mientras lo iluminan de abajo y los costados. Siempre en movimiento, una vez en el suelo va a la batería y estalla aún más el show con el drum and bass de ‘De Chiquitito’, canción que abre el disco Familixina (2010). La actitud de la voz remite un poco a las partes experimentales de Sumo. La manija desborda al músico, que se levanta de la batería para arengar y volver a sentarse en el próximo compás; levanta un brazo y grita "¡uh!", como si necesitara descomprimir la energía que tiene condensada adentro y no para de crecer. La siguiente invitada de la noche es HTML. El escenario se tiñe del universo de Marina Saporiti, ella y Gómez entonan los versos de ‘Experimento Para Ver las Miradas’. El grupo de bailarines les enmarca durante el estribillo, van de lado a lado del escenario con movimientos a lo 'Thriller', de Michael Jackson; la voz grave de Marina empasta perfecto con la de él, que se permite juguetear con un personaje más agudo. 

"Esto es muy importante para todos nosotros, ¡aguante!", dice un Gómez emocionado, parado detrás de la batería con un brazo en alto. "¡Así se hacen las cosas!", agita mientras todo Niceto celebra el empuje del arte independiente. Sigue ‘No Podés Desintegrarte Por lo Que Pasó’: el coro gime y llora después de cada verso del estribillo, parece una comedia musical. Sigue ‘Rockero’, el músico solo con una guitarra eléctrica bien limpia, actitud provocadora y una voz a lo Johnny Rotten. No se entiende qué es lo que dice, de hecho, no importa si efectivamente dice algo o no: el fluir del proyecto va más allá de eso. Combina distintas facetas artísticas: performance, danza, iluminación. Y cada una de estas partes es una pieza en el engranaje de PGM, distintas patas de una mesa. Repite: "El hombre que ignora la culpa que hay en su interior", mientras el ritmo crece, incansable, y los bombos hacen retumbar la cabina hasta que solo queda una respiración en loop. Aire que entra y sale. 

Entonces llega Melanie Williams para hacerse cargo de la batería y cambiar un poco el groove; Fernán Mareque reemplaza a Ca7riel para una versión de ‘Hay Que Dormir Solo lo Necesario’, canción que co-produjo en Luz. "Esto es un orgullo. Empezó a laburar como plomo de este proyecto hace años, ahora produce y hoy abrió este show", dice el cantante, "esto lo hacemos de forma colectiva, ¡aguante!". 

Llegó el fin: con un trigger a cada lado y en medio del escenario, el artista arranca ‘Amanecer’, canción que cierra el disco que se presenta y que cerrará el show. La palabra «transformar» se repite en muchas de sus canciones, construye y condensa el imaginario de sensibilidad y esperanza que identifica a sus letras. Y ahora se sienta en la batería, se luce con fills y métricas raras; un bombo en negras lo sostiene mientras las luces enmarcan un Niceto que no para de bailar. Todo es aplausos, gritos de éxtasis desde abajo, desde arriba, Gómez se acerca a la gente y nos grita, victorioso, estallado y con un brazo en alto: "¡Aguanteeeeee!".